Lo prometido es deuda y aquí está el segundo libro de la saga de Daniel Wolf.
Como es lógico en las sagas, hay personajes que se van quedando en el camino. Y también aparecen otros nuevos o se desarrollan los que ya salían en el libro anterior. No voy a hablar de casi ninguno de ellos para no destripar nada. Solo diré que un nuevo personaje va a igualar o superar en protagonismo a nuestro querido Michael Fleury. ¿Sabéis de quién hablo? Lógico, de su hijo, Remy.
Remy se negará en rotundo a seguir los pasos de su padre, pues no le interesa el comercio. Él quiere ser iluminador de libros y ello acarreará no pocas disputas entre ambos. No cejará en su empeño de hacer realidad sus sueños como el de crear una escuela, por y para el pueblo, alejada de los dogmas de la iglesia donde se enseñase algo más que las escrituras de la Biblia. Él soñaba con que las siguientes generaciones supieran leer y escribir y usar la aritmética. Un sueño quizá demasiado ambicioso del que no todos eran partidarios. Su trabajo le hará dejar el amor de lado, pero no os asustéis que hay historia de amor. No voy a decir más.
En esta etapa, Varennes será conocida por su libertad y su prosperidad, con lo cual, producirá sin quererlo rencillas y envidias encendidas por los enemigos de los Fleury que llegarán incluso a Metz, el gigante del comercio de aquella época. Como dice su autor: la evolución de las ciudades ni fue de la noche a la mañana ni tampoco una vez conseguido ya estaba ganada la batalla para siempre. De generación en generación se tendrá que seguir luchando por conseguir metas nuevas y conservar las que se tienen e, incluso evolucionar. Y lo mejor de todo es que nuestros protagonistas se enfrentan a la codicia y a la traición con las únicas armas factibles de usar: la inteligencia, el trabajo y el tesón.
Como ya os adelanté en la reseña del primer libro de esta saga, este segundo me ha gustado más que el primero. Aquí si que no tengo pega alguna. Vuelvo a insistir en que recomiendo leer los dos.
¿Y el tercero?

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