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martes, 23 de octubre de 2012

ISABEL, LA REINA (tercera parte)



…Y llegamos al final de nuestra historia con Isabel, la reina “El sabor de las cerezas”. En esta última parte de la trilogía de Ángeles de Irisarri, llegamos a la cumbre del reinado de Isabel y Fernando, como reyes de Castilla y de Aragón.

La obsesión de los reyes, sobre todo de la reina, la cual era muy devota cristiana, se centrará en acabar con el reinado musulmán del sur de la península. Entre batalla y batalla y entre idas y venidas de Fernando, además de Isabel y Juan, sus dos primeros hijos, nacerán: Juana, María y Catalina.

Y entre persecución de judíos y musulmanes, matrimonios de sus hijas, unificación de la totalidad del territorio peninsular y Colón descubriendo América, transcurre la vida de Isabel sin un momento de respiro.

Pero no todo serán buenas noticias ya que el heredero, su único hijo, Juan, morirá ya casado, pero sin descendencia. Al igual que un tiempo después, también fallecerá la primogénita Isabel y el hijo de ésta. La sucesión del trono entonces le corresponderá a Juana casada con Felipe, hijo del emperador Maximiliano, y al hijo de ambos, Carlos.

En cuanto a las demás protagonistas que acompañan la historia de Isabel, tendrán destinos distintos. La primera de las cuatro hijas nacidas bajo la luna roja de abril de 1451, que dejó este mundo, fue una de las marquesas, Leonor. Su hermana, Juana, ingresó en el convento de Santa Clara llegando a ser, con el tiempo, madre superiora. Y por último la bruja María de Abando, huyendo de la Inquisición marchó con su marido a Andalucía donde fue capturada y vendida como criada y una vez liberada, cuando los reyes se hicieron con Granada, volvió a Ávila quedándose a vivir en la mansión de las marquesas hasta el fallecimiento de Leonor. A raíz de este suceso, María volvió a Bilbao, su tierra, donde realmente fue feliz rodeada de su gente.

Y el 26 de diciembre de 1504, fallecía la segunda hija nacida bajo la luna roja de abril de 1451, la reina Isabel la Católica.

Esta trilogía, que he ido resumiendo, se caracteriza sobre todo por el toque tan personal que hace Ángeles de Irisarri sobre la vida de Isabel la Católica, aderezándola con las historias un tanto atípicas y llenas de magia de las demás protagonistas.

A ello contribuye también con el lenguaje, un tanto arcaico y acompañado con cierto humor, que utiliza la escritora en su relato, consiguiendo que el ambiente medieval sea pleno y transporte tus cinco sentidos, como si fueras en una alfombra mágica, al interior de la historia. 

sábado, 13 de octubre de 2012

ISABEL, LA REINA (segunda parte)

…Continuamos con la segunda parte de “Isabel, la reina” subtitulada “El tiempo de la siembra”.

Tiempo después de su boda, Fernando e Isabel, verán nacer a su primera hija, a la que llamarán Isabel, como su madre. La niña se cría sana y feliz, pero, a la edad de tres años la princesa la tuvo que entregar durante un tiempo a su dama Beatriz de Bobadilla al recibir la noticia de que su hermanastro, el rey Enrique, había muerto.

Isabel, oficiando un funeral por él, se proclama por fin reina de Castilla. A pesar, de que sus seguidores apoyaban su candidatura y deseaban su coronación, intentan por todos los medios que el que gobierne y tome las decisiones de su reinado sea su marido Fernando. Pero, ella no está dispuesta a ello y en un mutuo acuerdo con su esposo deciden compartir las competencias; de ahí su lema “Tanto monta, monta tanto” que la reina haría bordar en todos los estandartes y banderas.

Siendo ya reina de Castilla, y tras un aborto, Isabel busca con ansia un heredero, es decir, un niño varón. Viendo que no se volvía a quedar embarazada decide acudir a los galenos e intentarlo por cualquier medio. Pero, cuando al cabo del tiempo, ningún remedio llega a buen fin, decide centrarse en otros menesteres.

Un tiempo después, por fin, se queda embarazada de nuevo y esta vez sí será un varón. Todos contentos por este nacimiento, será Isabel la que predestina que su hijo, siendo tan pequeñito, se críe como su hermano Alfonso, enfermizo y débil.

Como testigos directos de todo ello, figuran las marquesas Téllez de Fonseca, a las cuales, Doña Gracia su abuela, no conseguía que sus nietas se olvidaran de la búsqueda, que tenían emprendida, para encontrar un supuesto tesoro que un rey moro le entregó a uno de sus antepasados y se centraran en sus posibles bodas. Cuando por fin consigue, que primero Juana, y tiempo después Leonor se fijen ambas en los hermanos Torralba, Doña Gracia, prepara las bodas junto con la madre de los novios, a pesar de la oposición que se le creaba el hecho de que fueran una familia de judíos conversos.

Pero, dichos matrimonios se irán al traste al no ser consumados. La misma noche de bodas no aparecen en la casa, y, tal cual, parten hacia la guerra. Este primer alejamiento se produce debido a los rumores de que la manquedad de las marquesas era obra del diablo.

Cuando por fin, dos meses después, los hermanos llegan de la guerra, Leonor se encontrará con que su marido consumará su matrimonio de forma muy violenta dejándola embarazada. Pero el marido de Juana no conseguirá consumarlo por la impotencia que presenta. Tal cual esto ocurre la primera noche de la llegada de ambos, sin decir nada, al día siguiente parten de nuevo, dejando a sus mujeres, como se suele decir:”compuestas y sin novio”.

Tras este suceso y estando ambas hermanas humilladas y hartas del trato de su nueva familia abandonan la casa y vuelven a vivir con su abuela.


Mientras todo esto ocurre, María de Abando entre arreglos de himen, pócimas balsámicas y algún que otro hechizo; acaba siendo contratada por la suegra de las gemelas para que consiga arreglar los matrimonios. Se empleará a fondo al ser muy bien pagada por ello, pero encontrará más resistencia de lo esperado; ya que Doña Gracia, la abuela de las marquesas, tomará las riendas e intentará anular ambos matrimonios, ante notario, con la excusa de no haber sido consumados.

Pero con el matrimonio de Juana parece que los remedios de María, atendiendo el encargo de la familia Torralba, empiezan a dar resultados ya que a la hora de firmar su anulación, Juana se niega. Llevándose a cabo solo la de Leonor.

Cuando tiempo después se confirma el embarazo de ésta, no tienen más remedio que llevarlo a escondidas y deshacerse del niño. Atendida en el parto por María de Abando, ésta se quedará con el niño, según concierta con Doña Gracia.

Tiempo después, se presenta en la mansión el marido de Juana. Durante tres meses se quedan encerrados en su habitación, pero ni por esas, consiguen consumarlo. Lejos de anular el matrimonio ambos deciden ingresar; una en un convento y el otro en un monasterio y ofrecer su vida a Dios.

Mientras tanto, Leonor da a luz a su hijo y aunque María, al principio no fue partidaria de hacerse cargo de él, accede a ello. Y sin ninguna experiencia ni sabiduría, en el tema de ser madre, lo cuida como si fuera su propio hijo.

…y al final…

sábado, 6 de octubre de 2012

ISABEL, LA REINA (primera parte)

Hoy os traigo esta trilogía de Ángeles de Irisarri, “Isabel, la reina”, concretamente el primer volumen subtitulado “Las hijas de la luna roja”.

Su historia comienza un día de abril, concretamente el 22, en el que nacía Isabel bajo la atenta mirada de notarios, escribanos, matronas, y demás testigos dando fe de su nacimiento, por ser hija de reyes. La casualidad o el destino quiso que ese mismo día y a la misma hora, muy lejos de allí, en Bilbao, una mujer del pueblo diera a luz a su hija dejándola a la puerta de la casa de una amiga justo antes de morir; quizá bruja, quizá sanadora, quizá curandera. Y de forma simultánea, en Ávila, nacían en la gran casa de Juan Téllez, marqués de Alta Iglesia, dos niñas gemelas, las cuales, tuvieron la desgracia de nacer mancas. Sin ningún tipo de premonición ni desventura pero todo ello bajo el mismo firmamento en el que lucía una hermosa luna roja.

Isabel dejará el hogar familiar, siendo niña todavía, para ir a la corte. Reclamada por su hermano Enrique, rey de Castilla, crecerá entre las intrigas palaciegas y con partidarios a favor de hacer rey a su hermano Alfonso, ante la sospecha de que la hija del rey, llamada Juana la Beltraneja, pueda ser bastarda de la reina e hija de Don Beltrán de la Cueva. Y mientras tanto Enrique prepara el casamiento de Isabel con el rey de Portugal pero ésta se negará rotundamente.

Pero su destino empieza a cambiar con la muerte de su hermano Alfonso, supuestamente por la peste o, como algunos sospechaban, envenenado. Con el fallecimiento de éste y con el alunamiento de su madre, Isabel se encuentra muy sola y siente que solo puede confiar en su dama Beatriz de Bobadilla y en Gonzalo Chacón.

Aún así se hace fuerte y cogiendo las riendas de su destino aspira a ser reina de Castilla, pero a su manera, pues a pesar de la premura de todos sus partidarios porque se proclame reina y destrone a su hermano Enrique, ella no consiente hacerlo hasta que este no fallezca, para terminar de una vez por todas con la guerra y el hambre que padece su pueblo.

A cambio de ello, Isabel, llegará a un acuerdo con su hermanastro en el famoso Tratado de los Toros de Guisando, exigiéndole que la proclame Princesa de Asturias, haciéndola así su heredera, en detrimento de Juana, la Beltraneja.

Tiempo después, aprovechando que éste se encuentra lejos de la corte y a pesar de estar vigilada por los partidarios de la hija del rey, consigue a escondidas, casarse con Fernando, hijo del rey de Aragón, y heredero de la corona. 

Y según se van sucediendo todos los avatares de Isabel por ser reina de Castilla, conoceremos también la historia de las marquesas de Téllez de Fonseca, como hemos comentado antes, nacidas mancas. Tras la muerte de su madre, Doña Leonor, en el parto y la huída, como un loco, de su padre, Don Juan, se quedaron en la mansión nada más que la cocinera, dos esclavas moras y las dos gemelas. El estupor fue general por la falta de una de la manos en las dos niñas; unos pensaban que podía ser obra del diablo, otros que se la arrancó un perro al nacer. El caso es que nadie encontró las manos en ningún lugar, con lo que el hecho se quedó sin explicación alguna.

Las niñas crecieron aceptando su manquedad y sin apenas salir a la calle. Lo mismo se oraba al Dios cristiano, por influencia de Catalina, la cocinera, como que se oraba al Dios musulmán debido a que las esclavas moras, Marian y Wafa, en su crianza se lo enseñaban.

Hasta que un buen día se presentó su abuela, Doña Gracia, llegada de Italia, para hacerse cargo de la educación y casamiento de ambas. Revolucionó la casa entera y apoyando la causa, primero de Alfonso y, tras su muerte, la de Isabel, acercó las relaciones de sus nietas a la posible futura reina como su apellido exigía.

Y precisamente, María de Abando, aparece en medio de estas dos historias. Ya que en un lugar de Bilbao, María la Malona, mujer del vulgo, moría a las puertas de la casa de su amiga María de Abando, con su hija recién nacida en los brazos. Cuando María la encontró, no dudó en hacerse cargo de la niña a la que querría como si fuera suya y a la que llamó igual que ella. Pero, María de Abando, a falta de una madre, no solo la tuvo a ella sino que al enterarse de lo sucedido, Martina de Inaxio, también bruja, sanadora o curandera amiga de la Abando, quiso igualmente criar a la pequeña como si fuera suya.

Muchas disputas tuvieron a causa de ello, aunque la amistad y el cariño, que la niña las tenía a las dos, impidieron llegar a males mayores. María crecía aprendiendo las artes de sus madres y acompañándolas para atender los requerimientos de la clientela que pedían de sus favores.

Hasta que un día se desencadenó la desgracia muriendo Martina y un tiempo más tarde su otra madre. Al no ser capaz, María de Abando, de vivir más tiempo en su casa y tras estar un tiempo con otra bruja compartiendo servicios y casa, decide marcharse de allí. Acabó instalándose en Castilla, en la Ermita del Cristo de la Luz, donde se ganaba la vida con sus dotes aprendidas en los años predecesores, aunque sin descubrirse del todo ya que la brujería empezaba a ser perseguida.

Quizá fuera por el hechizo de esta luna o por la coincidencia de la hora exacta en el nacimiento de todas ellas, y a pesar, de la distancia que se abría entre sí, que su destino se verá entremezclado y la atracción entre ellas, sin conocerse, no pasará desapercibida.

Continuará…